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OdioTan o más fuerte que el sentimiento del amor, el odio se funde con la sangre silenciosamente para así teñir de un negro amargo los latidos del corazón. Extendiéndose poco a poco va hasta que alcanza tus cinco sentidos y despierta una oscura e inimaginable parte de tu ser. Lo ves crecer día a día en un entorno, tanto familiar como lejano; en una persona a quien, a pesar de ser tu prototipo de enemigo, intolerante y falta de respeto, convencida de su conocimiento del mundo y del equívoco de los demás, desconfiada y poderosa en eso de salir ganando, has de soportar y cuyos estúpidos argumentos has de escuchar cada día, a quien has de sonreír y ante quien has de callar; en la televisión, en libros y revistas, que muestran el patetismo de esta llamada avanzada humanidad, la extrema riqueza y pobreza, la utópica lucha por la justicia y la felicidad. Un odio omnipresente del que intentas escapar, pero que se esconde detrás de cada esquina, de la dureza y la tristeza de las vidas de la gente; que aparece como subtítulo de sueños e ilusiones. Odio en los recuerdos, prohibidos a causa de tu imperfección, a causa de la normalidad de esta contradictoria existencia. Irremediablemente acaba convirtiéndose en un sentimiento constante que envenena las emociones más puras e inocentes, las más sinceras miradas, las sonrisas dadoras de vida. Odias lo más sencillo y lo más complicado, odias lo más perfecto y lo más defectuoso, odias tu ser y lo empapas con odio. Comentarios » Ir a formulario |
El rinconcito de éDixReflexiones, artículos, impresiones personales y creación literaria.
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