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A qué atendemos cuando nos referimos al capitalismoLo principal en una lucha es saber por qué se lucha, y una vez atendido, estar dispuesto a luchar. Luchar, en sí mismo, no es más que perseguir con ansia un objetivo claro, sacarlo a la luz. Una vez que comprendemos, buscamos que los demás también lo hagan y para ello, debemos hacernos escuchar, pues rara vez te ceden la palabra al levantar la mano, y hay cosas que no pueden esperar. Hacernos escuchar es luchar y para luchar debemos crear una forma de lucha, que la convertiremos en arte. Un arte para combatir por nuestra supervivencia. Y he aquí nuestra lucha, una lucha contra el mecanicismo que adoptamos todos los días al entrar en el juego del trabajo y el dinero. Y he aquí ningún enemigo, más que nosotros mismos. He aquí un conformismo que hemos de superar, una lucha personal, nuestra rebeldía contra una forma de vida, regida por el consumismo y el materialismo. Ambos engendrados por el bien amado capitalismo. Es curioso como hace unos años, en la Revolución Industrial, pensarían que la llegada de nuevas máquinas que hacían el trabajo por nosotros nos llevarían a tener más tiempo y ser más felices. Sin embargo, a día de hoy llevamos una jornada laboral más extensa que la de entonces. También es curioso advertir que, en política, se ha rehusado utilizar la palabra capitalismo. Esta palabra se ha borrado de discursos y debates pues, aún, siendo nuestra sociedad capitalista, esto puede llevar a un “malentendido” en el concepto. Y no nos queda más remedio que reír o llorar, porque es lo que nos han enseñado a hacer, volcarnos de forma estúpida a la inactividad y al conformismo. El capitalismo es en sí mismo una aceptación social, de referencia administrativa y organizativa, que deja de lado la cooperación interpersonal para dar lugar a una macroindustrialización interdisciplinar. El capitalismo es, en sí mismo, el convenio que da un valor monetario a las cosas para que nosotros, con un sueldo, podamos adquirir estas cosas. No es más que un complejo de producción en cadena, donde nosotros, lejos de ser poseedores, somos poseídos. Sin embargo, al ser un efecto que incide en nosotros, ello permite que nosotros mismos podamos rechazarlo. Aquí es donde empieza nuestra lucha: Como ya hemos convenido, el capitalismo se nutre de dos focos: consumismo y materialismo. El primero es causado por una serie de tretas comerciales que, sin ser advertidas, atrapan sus objetivos invadiendo el espacio público y personal. El problema de la publicidad es su continua presencia, su “quieres esto porque aun no lo tienes”, su constante llamada. Del consumismo deriva el materialismo, que viene a ser cuando lo material, lo consumible, pasa a ser una prioridad (algo que es fácil que suceda). De este modo nos encontramos con un continuo círculo ya que lo consumible, como su propio nombre indica, tiene un final, y eso lleva a querer adquirir de nuevo el producto. Sin embargo el verdadero problema del capitalismo no es éste. El verdadero problema es la actitud. La gente volcada al consumo adquiere una actitud no humana, desaprensiva, pasiva y asocial en cuanto al contacto humano real, algo ya muy perdido. Se pierden objetivos primordiales, uno sólo se centra en la adquisición y deja de lado la relación. Ya no hay una verdadera actitud social y humana, sino de apariencia. De todo esto llega un reto personal y primordial, el de vencer ese impulso consumista que se hace crecer dentro de ti. De ello se retoma la actividad, el movimiento; una revolución cultural y artística que vence cánones y hace preguntas, una voz en alza que obliga a ser escuchada, una llamada de atención. Para ello debemos primero dejar de lado nuestra actitud ante el capitalismo, vencerlo dentro, liberarnos de él; dejar de consumir productos, dejar de retroalimentarnos de disfraces embelesados por la necesidad de posesión. Liberarse significa desprenderse. Las cosas no nos dan libertad, nos la quitan. La libertad no es poder patinar porque me compré unos patines, la libertad es no necesitar los patines. Y uno no sabe si es realmente libre si no se siente capaz de abandonarlo todo. En este punto es donde empieza nuestra lucha: una vez nos vencimos a nosotros mismos. Nuestra lucha está fuera, donde los demás nos oyen, haciendo frente al ruido de todos los días. Y elegimos armas. Mis armas son las suyas, y aprenderé a usarlas. Mi primer arma: el producto. Me deshago de la actitud consumista y aprendo a ver que las cosas están a mi alcance y que no tengo la necesidad de consumir porque ahora puedo y es mi momento, sino que siempre puedo acceder a lo que busco. Entonces dejo de lado el consumismo y actúo por intereses más elevados y, para ellos, uso los productos, como herramientas esta vez. Mi objetivo ya no es conseguir un producto sino que accedo a él para completar un objetivo con intereses culturales, artísticos, sociales, emocionales, etc. Mediante el robo o la apropiación de bienes, quedo desprovisto de toda posesión y la propiedad privada ya no existe sino para otros. Ya no existe un interés en poseer, sino tan sólo en utilizar. Empiezo a liberarme, y ya no es el objeto el que me posee, sino que no hay posesión, no hay demencia. Elijo arma de nuevo: la publicidad. Busco el contacto y para ello quiero liberar. No quiero el contacto frío de una máquina, sino el de una persona real. Empiezo a “ver” la publicidad, ya no son mensajes aislados sino que me dicen algo, ahora atiendo a su mensaje y no pasa desapercibido, por fin lucho contra algo tangible. Su mensaje atraviesa cabezas a diario de gente que no opone resistencia, gente que no escucha. Su mensaje nos hace aprender a desviar nuestra consciencia cuando llega una información y actúa, por tanto, igual que si me atacaran con miles de flashes y luego, ciego, intentase levantar la vista. Sin embargo hoy he aprendido a mirar a otro lado, a ver a mi enemigo, y ya no camino con la cabeza agachada, sino que veo a la gente caminar mirando a una nada hueca, y de vez en cuando, atisbo una mirada que me responde y se marca una sonrisa en nuestras caras. Me cargo de munición: antipublicidad y contrapublicidad. Busco suprimir y atentar contra la publicidad, empiezo a verla y aprendo a eliminarla, las calles se ven más limpias. Entonces, juego al otro lado y sustituyo su publicidad con mi expresión, con mi creación, jamás sustituyo publicidad con publicidad, da igual la intención. No busco dar información, no soy una máquina, busco comunicar una idea, expresar un desaliento o una satisfacción, pero nunca intento vender nada, no me vendo. Encuentro un arma: la calle. Y veo que la gente, en la calle, ensordece. Eso me demuestra que estoy listo para mi llamada de atención: “Yo al fin y al cabo sólo quiero que nos comuniquemos, que perdamos el miedo al contacto y no sentir vacío al que me cruzo. Debemos pensar que las cosas no tienen porque ser así, y que todavía podemos aprender a ser humanos.” Entonces descubro que mis armas no eran las suyas, sino que yo sólo las utilizaba con estilo y las aprovechaba. Descubro entonces que mis armas son el arte; mis enseñanzas, la cultura; y mi habilidad, el contacto personal. Hay que enseñar a usar nuestras armas, y hacer del arte una cultura. Hay que desarrollar nuestra habilidad y armarnos de enseñanzas, para comunicar nuestra lucha.Fuente: YoMango.net Comentarios » Ir a formulario |
El rinconcito de éDixReflexiones, artículos, impresiones personales y creación literaria.
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